martes, 7 de febrero de 2012

LA DOCTRINA DEL MATRIMONIO

 
Por: Pastor. Jairo Antonio Marín Leiva 

La Biblia claramente expresa la intención de Dios para el matrimonio. En el matrimonio el hombre y la mujer deben hallar satisfacción y realización personal tanto espiritual como sexual.

Esta relación fue estropeada porque la humanidad cayó en el pecado. La historia de Israel nos relata los cambios que afectaron el matrimonio debido a que los Israelitas prefirieron aceptar las prácticas degradantes de sus vecinos impíos.

Jesús reafirmó lo que el matrimonio significa. Reprendió la actitud de los Judíos hacia el divorcio, y retó a los cónyuges a vivir en armonía.



EL MATRIMONIO

Debemos notar estos pasajes bíblicos que describen el propósito del matrimonio. Las escrituras dan una perspectiva completa de los privilegios y deberes del vínculo matrimonial.

a) Establecido divinamente

Dios creo primero a una pareja de seres humanos, un hombre y una mujer. Su primer mandamiento fue: “Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra” (Gn. 1:28).

Al unir a esta pareja, Dios instituyó el matrimonio la más básica de todas las relaciones hermosas. 


El matrimonio permitió a la humanidad cumplir el mandamiento divino de gobernar y llenar la tierra (Gn. 1:28).

Dios hizo tanto al hombre como a la mujer a su imagen, cada uno con un papel especial y cada uno complementado por el otro. Génesis 2 nos dice que Dios formó primero al hombre luego, usando una costilla de él, hizo “Ayuda idónea para él” (Génesis 2:18). Cuando Dios trajo a Eva a Adán, los unió y dijo: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Génesis 2:24).

Dios quería que el matrimonio fuera una relación permanente. Debía ser un compromiso pactual único de dos personas que excluía de su intimidad a todas las demás. Dios prohibió expresamente la ruptura de esa unión al dar el mandamiento “No cometerás adulterio” (Éxodo 20:14). El nuevo testamento reafirma la singularidad del vínculo matrimonial. Jesús dijo que el hombre y su esposa “No son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (Mateo 19:6). 



Pablo comparó hermosamente el amor de un hombre por su
esposa con el amor del Cristo por su Iglesia (Efesios 5:25). Dijo que el amor de Cristo fue tan profundo que murió por la iglesia, y de la misma manera el amor de un hombre por su esposa debería sobreponerse a cualquier sentido de imperfección que ella pudiera tener.

El matrimonio es más que un contrato que dos personas hacen para beneficio propio. Debido a que hacen sus votos matrimoniales en la presencia de Dios y en su nombre, pueden acogerse al poder de Dios para poder cumplir esos votos. Dios llega a ser un partido de apoyo para el matrimonio. Proverbios nos recuerda esto al decir que Dios da sabiduría, discreción, y entendimiento de modo que los cónyuges puedan evitar dejarse seducir a la infidelidad (Proverbios 2:6-16). 



Los escritores del nuevo testamento entendieron que el matrimonio cristiano es creado y mantenido por Cristo.

b) Caracterizado por el amor

Por sobre todo, el amor debe caracterizar la unión. Nótese la sencillez con que las escrituras describen el matrimonio de Isaac y Rebeca: “Y tomó a Rebeca por mujer y la amó” (Génesis 24:67).

El amor, basado en amistad genuina y respeto sella y sostiene el vínculo matrimonial. Pedro les dijo a los esposos: “Vivid con ella sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil y como a coherederas de la herencia de la vida” (1 Pedro 3:7). 



Cuando esta clase de amor existe entre un hombre y una mujer purifica su relación matrimonial.

La Biblia dice que el esposo y la esposa son iguales como personas ante Dios, puesto que ambos fueron hechos a imagen de Dios. 

Ambos pueden ser salvos de sus pecados por medio de Cristo (Génesis 1:28; Gálatas 3:28; Colosenses 3:10-11). Juntos reciben los dones y bendiciones de Dios para su matrimonio (Romanos 4:18-21; He 11:11; 1 Pedro 3:5-7). 


Cuando se unen en matrimonio, ambos tienen obligaciones, aunque puedan tener diferente grado de capacidad para desempeñar las responsabilidades que comparten.

c. Satisfactorio sexualmente

Otro factor en la relación matrimonial es la unión sexual de los cónyuges. La unión sexual consuma el matrimonio sobre la base de un compromiso matrimonial mutuo. 



La expresión: “Conoció a su esposa” (Génesis 4:1-25), y otros lugares, es la manera discreta de la Biblia de referirse a la relación sexual. Pero la Biblia trata este acto con dignidad, llamándolo honroso y sin contaminación (Hebreos 13:4). 


Las escrituras exigen que el pueblo de Dios contenga puras sus relaciones sexuales. No deben usar la relación sexual para satisfacer deseos lujuriosos como lo hacen los impíos (1 Tesalonicenses 4:3-7). 


Las escrituras animan al hombre casado a deleitarse en la esposa de su juventud toda su vida (Eclesiastés 9:9) “Y en su amor recréate siempre” (Proverbios 5:15-19).

1. Un deber que cumplir

Cuando el Israelita se comprometía para casarse, no debía permitir que nada le impidiera cumplir su propósito. No debía ir a la guerra, para no correr el riesgo de morir y que otro hombre se casara con su esposa (Deuteronomio 20:7). 



Durante el primer año de matrimonio no debía dedicarse a ninguna tara que interfiriera con su presencia en el hogar para “Alegrar a su mujer” (Deuteronomio 24:5). 


Pablo les dijo a los esposos y esposas que debían entregarse mutuamente en sus relaciones sexuales, ni negarse el uno al otro, para que Satanás no pueda tentarlos a tentaciones desordenadas a su falta de continencia (1 Corintios 7:3-5)

2. Promiscuidad y perversión

Pablo dice que “El que se une con una ramera, es un cuerpo con ella? Porque dice: Los dos [El hombre y la prostituta] serán una sola carne” (1 Corintios 6:16). 



El cuerpo, dice Pablo, es el templo de Cristo. Puesto que una unión sexual promiscua une la carne de dos individuos, es profanación del santo lugar de Cristo.

Aquí el término carne significa más que los órganos sexuales, he incluso más que el cuerpo entero. Se refiere a la persona por entero. La unión sexual ineludiblemente incluye a la persona completa, sea dentro o fuera del matrimonio. Cuando Dios exige que su pueblo viva vidas santas (1 Pedro 1:15-16), esto incluye su conducta sexual en relación al matrimonio (1 Tesalonicenses 4:3-6).

Dios exigió de los israelitas santidad correspondiente (Levíticos 18; 20:10-21). La persona completa, el cuerpo no menos que el alma, es apartada para Dios.

La prostitución sagrada de las naciones pagánas con el tiempo se introdujo en Israel. La sola presencia de esta práctica profanaba la adoración al Señor. (1 Samuel 2:22).

La Biblia prohíbe el incesto (Levíticos 18:6-18; 20:11-12). También denuncia las relaciones homosexuales como perversas y abominables a los ojos de Dios. Es más, tales relaciones se castigaban con la muerte (Levíticos 18:22; 20:13; Deuteronomio 23:18; Romanos 1:26-27; 1 Corintios 6:9; 1 Timoteo 1:10).

3. Papeles sexuales apropiados

En tiempos bíblicos se pensaba que el matrimonio era un estado en el cual las personas naturalmente cumplirían sus respectivos papeles sexuales. De este modo el hombre era la
cabeza de la familia, y su esposa debía someterse a sus autoridad (Salmo 45:11; 1 Pedro 3:4-6); la mujer debía ser ayuda para el hombre, idónea para él en ese sentido. 



Estos papeles estuvieron presentes en el mismo comienzo. En todo el tiempo del Antiguo Testamento la mujer halló su lugar en la sociedad mediante su padre, y luego por medio de su esposo, y entonces por medio de su hermano mayor o redentor. 
Dios obró por medio de estas relaciones y papeles para establecer armonía en la familia y en la sociedad como un todo.

La sumisión de una mujer judía a su esposo no desestimaba sus capacidades ni la rebajaba a un lugar secundario en la sociedad. La esposa “por excelencia” del Antiguo Testamento (Proverbios 31) disfrutaba de la confianza de su esposo y del respeto de sus hijos y vecinos. Tenían mucha libertad para usar sus habilidades económicas para proveer para su familia. Se reconocía como persona de sabiduría y maestra de la gracia. Se hallaba muy distante de ser consideraba una esclava, que es como se consideraba a la mujer en otra culturas del Cercano Oriente.

d. Símbolo espiritual

El matrimonio simboliza la unión entre Dios y su pueblo. A Israel se le llama la esposa del Señor, y el Señor mismo dijo: “Fui yo un marido para ellos“ (Jeremías 31:32; Isaías 54:5). Los profetas declararon que la nación había “fornicado” y cometido “adulterio” cuando se alejaba de Dios a los ídolos (Numeros 25:1;Jueces 2:17; Jeremías 3:20; Ezequiel 16:17; Oseas 1:2). 



Dijeron que Dios se había divorciado de su “esposa infiel” (Isaías 50:1; Jeremías 3:8) Al enviar a los israelitas al cautiverio. Sin embargo Dios tuvo compasión “esposa”, Israel, y “la” llamó a que volviera a ser fiel (Isaías 54). Como el esposo se deleita en la esposa (Isaías 62:4-5), así el Señor se deleitaba en hacer de Israel el “Pueblo Santo”, sus redimidos (Isaías 62:12).

El nuevo Testamento describe a la iglesia como la esposa de Cristo, preparándose para la vida en el reino eterno (Efesios 5:23). Esta imagen subraya la verdad de que el matrimonio debe ser una unión exclusiva y permanente de amor y fidelidad. 



Los esposos deben amar a sus esposas como Cristo ama a su esposa redimida, y las esposas deben someterse a sus esposos, así como se someten a Cristo. 


2. COSTUMBRES BÍBLICAS MATRIMONIALES

En tiempos bíblicos el primer paso para el matrimonio lo daba el hombre o su familia (Génesis 4:19; 6:3; 12:19; 24:67; Éxodo 2:1). Usualmente las familias de la pareja hacían los arreglos. Por eso Agar, como cabeza de la familia “le tomó [para Ismael] mujer de la tierra de Egipto” (Génesis 21:21).

Cuando Isaac tenía 40 años, era perfectamente capaz de escoger su propia esposa (Génesis 25:20), sin embargo, Abraham envió a su criado a Harán para buscar esposa para Isaac (Génesis 24).

Abraham le dio a su siervo dos órdenes estrictas: La esposa no debía ser cananea, y ella debía dejar su hogar para vivir con Isaac en la Tierra Prometida. Bajo ninguna circunstancia debía Isaac regresar a Harán para vivir de acuerdo a su estilo anterior de vida. El siervo de Abraham halló la dirección del Señor en su elección (Génesis 24: 12 – 32). Luego, según la costumbre en Mesopotamia, hizo arreglos con el hermano y la madre de la muchacha (Génesis 24:28-29, 33). Selló el acuerdo dándole regalos (una dote) a ellos y a Rebeca (Génesis 24:53).

Finalmente, pidieron el consentimiento de Rebeca (Génesis 24:57). Este procedimiento era muy similar a las prácticas horeas en cuanto al matrimonio descritas en textos antiguos de Nuzi. En circunstancias diferentes, ambos hijos de Isaac, Jacob y Esaú, escogieron sus propias esposas. La elección hecha por Esaú causó mucha aflicción a sus padres (Génesis 23:34-35; 27:46; 28:8-9); pero la elección que hizo Jacob encontró su aprobación.

Jacob fue enviado a Labán, tío suyo, en Harán, en donde actúo bajo la autoridad de su padre para hacer los arreglos para casarse con Raquel. En lugar de darle a Labán una dote, trabajó por siete años. Pero no se acostumbraba a permitir que la hija menor se casara primero, así que Labán engañó a Jacob para que se casara con Lea, hermana mayor de Raquel. Jacob luego aceptó la oferta de Labán de trabajar siete años más por Raquel. En esa región el hombre que no tenía hijos con frecuencia adoptaba un heredero, dándole una de sus hijas por esposa. Se requería que el hijo adoptivo trabajara en las labores de la familia. Si más tarde nacía un hijo natural, el hijo adoptivo perdía su herencia. Labán tal vez había tenido la intención de adoptar a Jacob; pero liego le nacieron hijos (Génesis 31:1), tal vez los hijos de Labán se pusieron celosos contra Jacob debido a que temían que podría reclamar la herencia. En cualquier caso Jacob salió de Harán secretamente para regresar a su padre en Canaán.

Raquel se llevó los dioses de la familia de su padre. Puesto que la posesión de estos dioses era un reclamo a la herencia, Labran los persiguió intensamente; pero Raquel escondió los ídolos y Labán no pudo hallarlos. Para apaciguar a su tío Jacob prometió no maltratar a las hijas de Labán no tomar otras esposas (Génesis 31:50).

Debemos notar especialmente la tradición en el Antiguo Testamento respecto al “precio de la esposa”. Como hemos visto, el esposo o su familia pagaba el precio de la esposa para sellar el acuerdo matrimonial (Éxodo 22:16-17; Deuteronomio 22: 28-29). 


No siempre se pagaba este precio en efectivo. Podía consistir en vestidos (Jueces 14:8-20), o algún otro artículo de valor. Una dote más grotesca fue exigida por Saúl, quien le pidió a David prueba física de que había matado a 100 filisteos (1 Samuel 18:25). El hecho de asignar precio a la esposa no indica que se vendía al esposo y que era su propiedad. Era nada más que una indicación de aportación económica de la hija. 



Más adelante la ley reconoció la práctica de comprar una esclava como esposa. Tales leyes protegían a la mujer contra el abuso y el maltrato (Éxodo 21:7-11).

En ocasiones el novio o su familia también le daba regalos a la esposa (Génesis 24:53). Algunas veces el padre de la novia también le daba regalos de bodas, como lo hizo Caleb (Josue 15:15-19). 



En conexión con esto, es interesante notar que el faraón egipcio le dio la ciudad de Gezer como regalo de bodas a su hija, la que se casó con Salomón (1 Reyes 9:16).

La fiesta era una parte importante de la ceremonia de bodas. Usualmente la daba la familia de la esposa (Génesis 29:22), pero la familia del novio también podía hacerlo (Jueces 14:10).

Tanto la novia como el bocio tenían sirvientes (Jue 14:11); Sal 45:14; Mr 2:19) Si la boda era de la realza, la novia le daba al esposo sus ayudantes para aumentar la gloria de su séquito (Salmo 45:14).

Aun cuando la novia se adornaba con joyas y vestidos hermosos (Salmo 45:13-15; Isaías 49:18), el novio era el centro de atención. El salmista enfoca, no en la novia (como los del mundo occidental lo hacen), sino en que el esposo estaba feliz y radiante el día de la boda (salmo 19:5).

En otras naciones del Cercano Oriente se acostumbraba que el novio fuera a vivir con la familia de la esposa. Pero en Israel era usual que la esposa fuera a vivir en el hogar del esposo, y que llegara a ser parte de la familia de él. El derecho de herencia seguía al varón. Si un israelita tenía sólo hijas tenían que casarse dentro de su tribu, porque la herencia no se podía transferir a otra tribu (Numeros 36:5-9).

Uno de los aspectos más importantes de la celebración del matrimonio era el pronunciamiento de las bendiciones de Dios sobre la unión. Fue por eso que Isaac bendijo a Jacob antes de enviarlo a Harán para que buscara esposa (Génesis 24:60; 28:1-4).

Aún cuando las Escrituras no describen ninguna ceremonia de bodas, damos por sentado que era un suceso muy público. Jesús asistió y bendijo por lo menos una ceremonia matrimonial.

En sus lecciones se refirió a varios aspectos de las festividades nupciales, mostrando así que la persona ordinaria conocía familiarmente las ceremonias matrimoniales. (Mateo 22:1-10; 25:1-13; Marcos 2:19-20; Lucas 14:8).

Ambas familias participaban en la preparación para el matrimonio. La familia de la esposa también asumía la responsabilidad de que ella era virgen el día de la boda, en caso de que más adelante el esposo tratara de difamarle (Deuteronomio 22:13-19) 



3. LEVIRATO

Los israelitas pensaban que era muy importante que el hombre tuviera un heredero. Para preservar la herencia de propiedad que Dios les había dado, debían pasarla dentro de la línea de su familia (Éxodo 15:17-18; Salmo 127;128).

Si una mujer no podía tener hijos con frecuencia sentía el reproche de sus vecinos (Génesis. 30:1-2,23; 1 Samuel 1:10-12, 26:28).

Una situación más seria surgía si el esposo moría antes de que ella hubiera concebido un heredero. Para resolver este problema se empezó la práctica conocida como el matrimonio

levirato . Se menciona por primera vez en relación a la familia de Judá (Génesis 38:8), y luego llegó a ser parte de la Ley de Moisés (Deuteronomio 25:5-10). Cuando la mujer enviudaba, el hermano del difunto debía casarse con ella según la ley del levirato. Los hijos de este matrimonio llegaban a ser herederos del difunto, “para que el nombre de éste no sea borrado de Israel” (Deuteronomio 25:6). 



Si alguno rehusaba casarse con su cuñada viuda, era públicamente deshonrado (Dt 25:7 – 19; cf.

Rut. 4:1 – 7).

El ejemplo más familiar de esto fue el matrimonio de Bozz con Rut. En este caso, el pariente

más cercano no quiso casarse con Rut; así que Booz, el próximo pariente cercano actúo como

pariente redentor. Habiendo pagado la deuda de la heredad de Elimelec, tomó a Rut como su

esposa “para restaurar el nombre del difundo sobre su heredad, para que el nombre del muerto

no se borre de entre sus hermanos y de la puerta de su lugar” (Rut 4:10). David fue la tercera

generación de este matrimonio, y de ese linaje más adelante vino Jesucristo (Rut. 4:17; Ro.

1:3). 4. VIOLACIÓN DEL MATRIMONIO

Aun cuando Dios ordenó el matrimonio como una relación santa entre un hombre y una mujer,

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pronto se corrompió cuando los hombre tomaron dos esposas (cf. Gn 4:19). El matrimonio con

extranjeras y la adopción de costumbres paganas complicó el problema.

Las escrituras registran que Abraham siguió la costumbre pagana de tener un hijo de una

esclava para que fuera su heredero, porque su esposa era estéril. “Te ruego, pues, que te

llegues a mi sierva”; le dijo Sara a su esposo, “quizá tendré hijos de ella “(Gn 16:2). La esclava

Agar pronto le dio un hijo a Abraham. Más tarde Sara también le dio un hijo. La arrogancia de

Agar fastidió a Sara y ésta empezó a tratarla con rigor. Cuando Sara vio que Ismael se burlaba

de su propio hijo, decidió que ya había aguantado suficiente. Exigió que Abraham echara a

Agar. Debido a que Agar le había dado un hijo, Abraham no podía venderla como esclava. Le

dio la libertad y la envió lejos dándole un regalo (Gn 21:14; 25:6).

Jacob fue otro de los patriarcas hebreos que siguieron costumbres paganas en cuanto al

matrimonio. Jacob tomó dos esposas porque su tío lo engañó a que se casara con la mujer

equivocada (Gn 29: 21 – 30). Cuando Raquel se dio cuenta de que era estéril, le dio a su

marido su criada “y yo también tendré hijos de ella” (Gn 30: 3 – 6). Lea se puso celosa, y le dio

a Jacob su propia sierva para tener más hijos a su nombre (Gn. 30: 9 – 13). De ese modo

Jacob tuvo dos esposas y dos concubinas, pero a todos sus hijos los puso en igual situación

como herederos del pacto (Gn. 46: 8 – 27; 49).

Empezando por David, los reyes de Israel se complacieron con el lujo de tener muchas

esposas y concubinas, aún cuando Dios específicamente había ordenado que no lo hiciera así

(Dt. 17:17). Esta práctica les daba prestigio social y les permitía hacer varias alianzas políticas

(2 S. 3:2 – 5; 5:13 – 16; 12: 7 – 10; 1 R. 3:1; 11: 1 – 4).

David adulteró con Betsabé y más tarde cometió homicidio para poder casarse con ella. La

muerte era el castigo acostumbrado para este tipo de pecado (Lv 20:10; Dt. 22:22) Pero en

lugar de quitarle la vida a David, Dios decretó que el hijo de David y Betsabé debía morir, y que

el conflicto surgiría contra David en su propia familia (2 S. 12:1 – 23).

Salomón también fue castigado por desobedecer los mandamientos de Dios respecto al

matrimonio. Tuvo muchas esposas extranjeras que le llevaron a la idolatría (1 R 11:4 – 5).

La ley mosaica daba protección a las concubinas y las esposas múltiples, pero no para

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sancionar la práctica. La ley asignaba posición secundaria a las concubinas y las esposas

múltiples, pero no para sancionar la práctica. La ley asignaba posición secundaria a las

concubinas y a sus hijos, para proteger a estas víctimas inocentes de la lujuria descontrolada

(Éx 21: 7 – 11; Dt 21:10 – 17). Debemos ver estas concesiones a la Ley a la luz del comentario

que hizo Jesús sobre el divorcio: “Por la dureza de vuestro corazón Moisés os permitió

repudiar a vuestras mujeres; mas al principio no fue así” (Mt 19:8).

Malaquías habló en contra del abuso y descuido que una esposa sufría cuando el esposo

acudía a mujeres paganas y se divorciaba de ella. El pacto matrimonial la llamaba a llevar “la

simiente santa”; pero la infidelidad del hombre la hacia ignorar sus responsabilidades hacia ella

(mal 2:11, 14:16).

La ley mosaica no permitía que los israelitas se casaran con extranjeras (Dt 7:3) porque ellas

adoraban otros dioses. Cuando los israelitas regresaron del cautiverio, se les recordó que

casarse con mujeres extranjeras era contrario a la Ley de Dios, Esdras y Nehemías hablaron

muchas veces al respecto (Esd 10; Neh 10:20; 13:23 – 28). Nehemías reprendió a su

generación al decir: “¿No pecó por eso Salomón, rey de Israel? … aún a él le hicieron pecar las

mujeres extranjeras” (Neh 13:26; cf. 1 R 11:4 – 4). Esdras exigió que todo hombre diera por

terminada su relación con su esposa extranjera. Los que rehusaron hacerlo fueron excluidos de

la congregación y se les embargaba su propiedad (Esd 10:8).

La relación sexual que Dios propuso fue la monogamia: un hombre con una mujer. Pero debido

a las pasiones humanas degradadas, la Ley de Dios tuvo que prohibir pecados sexuales

específicos (Lv 18:1 – 30; 20:10 – 24; Dt 27: 20 – 23).

Incluso así, algunos hombres acudían desvergonzadamente a las prostitutas (Gn 38: 15 – 23;

Jue 16:11). El libro de Proverbios advierte repetidamente contra las mujeres ligeras y perversas

que buscan a los jóvenes por las calles (Pr 2:16 – 19; 5: 1 – 23; 6:20 – 35). La prostitución

sagrada cananea era un serio problema, y ocasionalmente Israel la practicó (1 S 2:22 -25; 1 R

15:12; 2 R 23:7; Os 4:13 – 14; cf. Dt 23:17). Varias listas bíblicas de pecados empiezan con la

inmoralidad sexual (mr 7:21; Ro 1: 24 – 27; 1 Co 6:9; Gá 5:19; Ef 5:5). Cualquier pecado sexual

se burlaba de la imagen de Dios en el hombre. Dios advirtió que destruiría a cualquier sociedad

que permitía que continuara tal pecado (Lv 18:24 – 29) 5. EL SOLTERO

Por sus palabras y su propia vida como soltero, Jesús mostró que el matrimonio no era un fin

en sí mismo, ni tampoco era esencial para que la persona fuera completa. Como siervo de

Dios, la persona puede no ser llamada a tener cónyuge e hijos. El discípulo cristiano tal vez

necesite olvidar a sus padres y posesiones por causa del reino de Dios (Lc 18:29; cf. Mt 19:29;

Mr 10:29 – 30).

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Pablo quería que todos los hombres pudieran contentarse viviendo sin casarse, como él (1 Co.

7:7 – 8). Halló plena libertad y realización a servir “al Señor sin distracción” (1 Co. 7:35). Pero

reconoció que una persona que no tiene el don del dominio propio en este aspecto debía

casarse, para “no pecar” (1 Co. 7:9, 36).

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